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Testigos de luz

  • Foto del escritor: Katia Solórzano
    Katia Solórzano
  • 17 mar
  • 2 Min. de lectura

Uno de los pensamientos más presentes en la vida cristiana es asegurarnos de que estamos cumpliendo con diligencia la Gran Comisión que Jesús nos encomendó: “Id y haced discípulos a todas las naciones”. A menudo, somos desafiados a recordar esta misión y, al mismo tiempo, confrontados cuando no la llevamos a cabo con fidelidad.


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Muchas veces surge la pregunta: ¿Cómo comparto el mensaje? ¿Por dónde empiezo? ¿Debo contar mi testimonio? ¿Debería hablar del milagro que Dios hizo en mi vida?


Si miramos la época de Jesús, podemos notar lo revolucionario y nuevo que era su mensaje. Antes de que Él comenzara su ministerio, hubo alguien que anunció la llegada de la luz verdadera: Juan el Bautista. En el Evangelio de Juan leemos cómo él preparó el camino, proclamando a los judíos que el Salvador estaba por venir:

"Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él. No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz. Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo." -Juan 1:6-9

Volviendo a nuestras preguntas iniciales, hay muchas maneras en las que Dios nos permite compartir su mensaje, y a veces lo hace a través de formas que ni siquiera imaginamos. Pero en Juan el Bautista encontramos un principio fundamental: su papel no era brillar por sí mismo, sino testificar de Aquel que es la verdadera luz. Él anunciaba a Jesús como el portador de luz, el dador de gracia y el único que trae el mensaje de salvación.


Como cristianos, ese es nuestro llamado: ser testigos de su luz admirable, reflejar la gloria de Dios y proclamar su verdad. Nuestro testimonio, más que mil palabras, tiene el poder de impactar la vida de quienes nos rodean.


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