Permanecer en Dios
- Rubén González
- 24 feb
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Pero murió Josué hijo de Nun, siervo de Jehová, siendo de ciento diez años. Y lo sepultaron en su heredad en Timnat-sera,en el monte de Efraín, al norte del monte de Gaas. Y toda aquella generación también fue reunida a sus padres. Y se levantó después de ellos otra generación que no conocía a Jehová, ni la obra que él había hecho por Israel. Después los hijos de Israel hicieron lo malo ante los ojos de Jehová, y sirvieron a los baales. -Jueces 2:8-11

Dios le dio al hombre la capacidad de adaptarse. La adaptación nos ha permitido a lo largo de los siglos enfrentar situaciones adversas e incluso sobrevivir a ellas. Por ejemplo, hay grupos de personas que viven en climas extremadamente fríos, como en Alaska, mientras que otros, como nosotros, habitamos en regiones cálidas, como Yucatán. Nuestros cuerpos se acostumbran a las condiciones extremas, permitiéndonos vivir sin que el clima nos afecte tanto.
Sin embargo, como sucede con muchas bendiciones que Dios nos da, el pecado que mora en nosotros puede corromperlas. Lo que inicialmente es adaptación, con el tiempo se convierte en costumbre. Somo seres que fácilmente nos acomodamos, nos conformamos a las cosas y situaciones del mundo. Y nuestro Señor fue muy enfático respecto a esta actitud: “Y no se adapten a este mundo” (Romanos 12:2).
Nuestro problema es que nos acostumbramos con mayor facilidad a las circunstancias malas que a las buenas. Y peor aún, llegamos a normalizar el alejamiento de Dios, muy similar a Israel.
El libro de los Jueces es uno de los más crudos de la Biblia, y en el capítulo 2 encontramos un claro ejemplo. Antes de la muerte de Josué, el pueblo se había establecido en la tierra que Dios les había dado. Fueron testigos del cumplimiento de una promesa divina que muchos anhelaron tener sin poder ver. Disfrutaban de una relación cercana con Dios y vivían en obediencia. Sin embargo, pronto olvidaron los días difíciles. Desobedecieron a Dios y se entregaron a dioses de aquellos pueblos que el Señor había puesto en sus manos. Solo pasó una generación y ya se habían olvidado de Él.
¡Qué peligroso es acostumbrarnos a los beneficios que Dios nos regala cuando estamos cerca de Él y, que fácil resulta a veces darle la espalda ante la pequeña dificultad! Reflexionemos, hermanos: antes estábamos alejados de Dios, y sin merecerlo, Él nos hizo renacer a una esperanza viva (1 Pedro 1:3).
Pongamos los ojos en Cristo, y sigamos el camino. Aprendamos de los errores y con humildad pidamos ayuda a Dios: Señor no permitas que nos apartemos de ti.
