Identidad
- Karina Herrerías
- 9 jun
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Después de casi 21 años, aún al recordar el día del nacimiento de mi primera hija, me invade una emoción que rebosa mi corazón. La primera vez que experimenté la alegría de la maternidad, de ver a mi hija, ¡por fin, después de 9 meses de haberla imaginado!, es una bendición que agradezco todos los días. ¡Gracias, Señor, por la vida de mis hijas!

Casi de inmediato, al experimentar el exterior, ella rompió en llanto, con un grito a todo pulmón; los doctores la cobijaron y la acercaron cuidadosamente a mi cara. El Dr. me instruyó: háblale, dijo. Apenas podía contener la emoción y, con la voz entrecortada, le dije cuánto añoraba conocerle y cuánto le amaba. Mi pequeña, al instante, al escuchar mi voz, abrió sus ojos de manera alerta, grandes y sin parpadear; giraba su cabeza sollozando, siguiendo el sonido de mi voz. Al acercar su rostro con el mío, ella dejó de llorar. En ese momento, mi esposo y yo no podíamos contener la felicidad; ambos estábamos sorprendidos porque ella había reconocido mi voz, ella me había identificado. En ese momento sentí que ella era mía, por fin la tenía y era mía.
Y así fue. Cuando llegó el tiempo, fuimos a registrar a nuestra hija, identificándola como nuestra y agregándole nuestros apellidos a su nombre. El documento oficial, acta de nacimiento, describe cuál es su nombre y quiénes son sus padres. Sin embargo, ni para ella ni para ningún creyente este acto determina nuestra identidad; es hasta que conocemos y reconocemos a nuestro Señor Jesucristo como nuestro Salvador que entendemos quiénes somos, para qué fuimos creados y cuál es nuestro propósito.
"Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia." -1 Pedro 2:9-10*
Somos hijos de Dios y no lo gritamos con arrogancia, sino con un enorme agradecimiento y asombro, con una interrogante inexplicable: ¡¿Cómo el gran Yo Soy me ha mirado con agrado?! En Su soberanía nos ha elegido, hemos sido santificados por Su sangre, rescatados de las tinieblas; por gracia, por medio de Jesucristo, hemos sido lavados, hechos de nuevo y hoy somos nación santa, propiedad del Dios todopoderoso. Y esta identidad nos demanda santidad, diligencia, crecimiento, obediencia, fidelidad y, por supuesto —y gracias, Señor, por eso— descanso, paz y fortaleza por medio de Su Santo Espíritu.
Esta mañana, demos gracias a Dios por Su gracia inmerecida, por Su inagotable misericordia, porque somos quien Dios dice que somos, porque reconocemos Su voz como lo hace un recién nacido al escuchar a su madre en su primer segundo en esta tierra. Sabemos a quién le pertenecemos, porque así lo dice Su Palabra y lo creemos; ninguna situación, ninguna prueba nos arrebatará de Su mano y perseveramos en Su Palabra con la entera convicción de que es Él quien nos perfecciona. En Sus manos está nuestro presente y nuestro futuro.
"Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano." -Juan 10:27-28
